ALBORADA - SAYRI ÑAN

6.05.2011

ANDES - EL GRITO DE DOLOR QUE NO SE PUEDE SILENCIAR



Hoy no habrá sonido en mi voz, mis palabras seran como plumas arrancadas de un cóndor que se rompe contra las paredes de piedras incaicas ... Yo me levanto, llorando, ciega de lágrimas y de lluvia, rompiendo a mí misma en el viento que silbida tormentas ... Yo me dejo drenar, por la pendiente, mi fe, cayendo desde las alturas, para un barranco que no tiene fin, un hueco que los siglos cavaron sin piedad en la revuelta del "alma" Andina - rompida en pequeños pedazos de arco iris contra las malévolas nubes oscuras y invasivas.

Cuando estoy así, tan lucida, es difícil de creer en cualquier cosa, es imposible razonar con el pensamiento occidental de verdad y justicia.

Yo trato de expresar, con palabras extranjeras, el dolor que sólo podría ser contada en quechua ... Que mis palabras sean como armas dilacerando las distancias, alcanzando al invasor en sus dominios, lo hiriendo con flechas de conciencia para que se arrepienta ...
Al tratar de entender la Historia, me quedo de rodillas ante el Conquistador y su "Dios de Salvación" y reflexiono - el dolor transformó a si misma, la herida, cicatrizada superficialmente, a menudo mezclandose con la sangre del extranjero.
 
Me niego a hablar en este monólogo del silencio, acerca de cómo el sol se nubló en un eterno eclipse, extiendendo por los Andes, la desolación de las terrazas vacías de cultivo ...

Ahora, mi grito topa con un gran muro de tiempo suspendido en el espacio de ningun lugar- quiero volver atrás y no puedo; quiero morir y la muerte sería el alivio que el opresor prohíbe. Así, dejo, por un momento, la escena sangrienta de mi América ​​degradada para subir, sólo ligeramente, el frío grado de inconsciencia, pies desnudos pisando, suavemente, aquí y allá, el pavimento del antiguo camino inca que cortaba el Tahuantinsuyo como vena viva ... Respiro el frescor de un tiempo feliz y organizado en que las flores adornaban los caminos y las cosechas no dejaban vaciar los graneros, un momento en que, entre el sol y la lluvia, emperaba la Bandera del Arco Iris, desplegada al viento de las flautas que todavía nos llaman ...
 
tanya marah

18/01/2011
de algun lugar del Antisuyo.
(05/06/2011)

* No puedo dejar de mencionar un pasaje que he leído, asignado al último sobreviviente de los "conquistadores" originales del Imperio Inca, Don Mancio Serra de Leguisamo, que escribió en el preámbulo de su testamiento, en el Cuzco, el 18 de septiembre 1589:

"Encontramos estos reinos en tal buen orden, y decían que los incas los gobernaban en tal sabia manera que entre ellos no había un ladrón, ni un vicioso, ni tampoco un adultero, ni tampoco se admitía entre ellos a una mala mujer, ni había personas inmorales. Los hombres tiene ocupaciones útiles y honestas. Las tierras, bosques, minas, pastos, casas y todas las clases de productos eran regularizadas y distribuidas de tal manera que cada uno conocía su propiedad sin que otra persona la tomara o la ocupara, ni había demandas respecto a ello...

...El motivo que me obliga a hacer estas declaraciones es la liberación de mi conciencia, ya que me encuentro a mi mismo culpable. Porque hemos destruido con nuestro malvado ejemplo, las personas que tenían tal gobierno que era disfrutado por sus nativos. Eran tan libres del encarcelamiento o de los crímenes o los excesos, hombres y mujeres por igual, que el indio que tenía 100,000 pesos de valor en oro y plata en su casa, la dejaba abierta meramente dejando un pequeño palo contra la puerta, como señal de que su amo estaba fuera. Con eso, de acuerdo a sus costumbres, ninguno podía entrar o llevarse algo que estuviera allí. Cuando vieron que pusimos cerraduras y llaves en nuestras puertas, supusieron que era por miedo a ellos, que tal vez no nos matarían, pero no porque creyeran que alguno pudiera robar la propiedad del otro. Así que cuando descubrieron que teníamos ladrones entre nosotros, y hombres que buscaban hacer que sus hijas cometieran pecados, nos despreciaron."(Markham 300)


Markham, Sir Clements, The Incas of Peru, Second Edition, John Murray, London, 1912.